Ataraxia deseada.
Como si un agujero negro te tragara de golpe.
Pensamientos de una fuerza mayor, naturalmente destructores de palabras bonitas.
Sientes que eres pequeña, tan pequeña que lamentas ser pisada por quienes no te ven. Es como un remolino que te arrastra a su epicentro de malas sensaciones, tristeza y desconsuelo por no ser comprendida y ganarte sin quererlo una etiqueta.
Quieres salir, pero no te dejan:
¿Quiénes?. -te preguntas.
Los miedos. -responden ellos.
Intentas atraer algo bueno, para que los aplaste, pero se hacen fuertes y tú sigues dando vueltas en ese remolino de menosprecio. Sabes que has entrado sola y que tienes que aprender a salir de ahí, sola.
Es difícil, lo sé. Que traición más cruel ha cometido tu cabeza, piensas. Pero no has descubierto aún cómo salir.
En ese momento, empiezas a creer que no has aprendido nada de tu vida, de tus experiencias, que no has adquirido las suficientes armas como para que tu cabeza no atraiga a esos tornados estremecedores. Te tachas de débil, pese a que has tenido momentos de fortaleza indiscutibles. Pero eso da igual, porque si tu cabeza dice que eres débil, quién eres tú para decirle lo contrario.
Pero todo esto, es fruto de la imaginación, de extender la cuerda demasiado para que tus pensamientos vuelen alto.
Agárrala y atrae esa maldita cuerda hacia ti, piensas. Acorta el camino que te separa de lo racional.
Poco a poco el remolino se va haciendo pequeño. Inspiras y expiras, entiendes que esto no es real, la realidad está ahí fuera, no en el mundo que has creado en tu cabeza, al que te aíslas cuando lo que palpas te parece aburrido.
Lo desgarrador de pronto se va disipando, como una nube que ha descargado en lluvia y ahora necesita seguir su camino. Empiezas a sentir calma, sosiego, tu cabeza reposa, como un corazón que se cura después de la punzada.
Ya estás aquí, has vuelto, menudo viaje. No será el último y lo sabes. Temes que algún día los trozos que tienes que pegar de lo que ha destrozado el huracán ya no puedan volver a ser reconstruidos.
Al fin y al cabo, tu mente ha desempolvado esa habilidad y sabes que va a ser muy duro que aprenda a dejar de utilizarla. Pero lo intentarás, o al menos, de eso te convences por vigésima vez.
Lia


Comentarios
Publicar un comentario